Una práctica honorable
Jack Kornfield

Vivimos en tiempos confusos y exigentes, pero sostener una práctica espiritual reclama nuestra más firme atención. Por lo tanto, la primera tarea, en casi todos los viajes espirituales, es calmarnos lo suficiente para escuchar las voces de nuestro corazón, escuchar aquello que está más allá de nuestros asuntos cotidianos. Ya sea en la plegaria, la meditación, la visualización, el ayuno o el canto, debemos salirnos de nuestros papeles habituales, abandonar los atribulados días con el piloto automático puesto. Hemos de encontrar un camino para volvernos receptivos y abiertos.

Reconocer el anhelo espiritual no es suficiente. El corazón precisa de inspiración para renovarse, necesita apoyo para descubrir el perdón, para despertar a la libertad, para abrirse a la gracia. Debemos encontrar un vehículo, una práctica honorable que nos guíe en este viaje, una disciplina válida que sepa hacernos regresar al presente y nos abra al misterio. No con el fin de convertirnos en alguien o «arreglarnos», sino con el propósito de ver quiénes somos realmente.

Las grandes tradiciones espirituales nos ofrecen cientos de formas adecuadas para conseguirlo. Algunas prácticas utilizan la respiración para calmar la mente y abrir el corazón. Existen disciplinas meditativas corporales que trascienden los apegos de nuestro pequeño yo y nos conducen a la apertura. Hay mantras y rituales de devoción, oraciones y rosarios, prácticas diarias de atención sagrada; existe la investigación silenciosa del corazón. En una comunidad nativo americana, un joven ayunará en busca de visiones a lo largo de días, mientras hace rodar una pequeña piedra sobre una mayor, sin pausa, como la luna girando alrededor de la tierra, hasta que surge respuesta a su búsqueda.

Aunque inicialmente podamos explorar diversas tradiciones y prácticas, en última instancia debemos elegir una práctica y seguirla en todo nuestro corazón. Lo importante es la sinceridad que infundimos a la vía escogida, la perseverancia y voluntad de seguir y ver lo que se abre en nosotros.

Una verdadera práctica nos conduce al silencio del bosque. Empecemos donde empecemos, debemos detenernos y escuchar. Existe una historia de cuando Bill Moyers era secretario de prensa del presidente Lyndon Johnson. En una comida del gabinete de la Casa Blanca, a Moyers, que se había preparado como pastor, se le pidió que hiciera las bendiciones. «Habla alto, Bill», ordenó Johnson, «no puedo oír una mierda». Desde el extremo de la mesa, Moyers respondió suavemente: «No me dirigía a usted, presidente».

¿Qué podemos esperar, a medida que penetramos en el bosque para escuchar con mayor profundidad el discurso más silencioso? Ya se inicien mediante el ritual, la oración o la meditación, los primeros pasos en el bosque nos traen pequeños asombros y tiernas revelaciones. Cuando nuestra cálida atención empieza a separar la realidad del presente de la cascada sin fin de nuestros pensamientos, el mundo destella con una belleza brillante. También empezamos a ver en qué medida nuestros estados interiores, que se nos pasan por alto, y nuestras creencias no reconocidas controlan nuestras vidas. Despertamos a patrones de emociones y hábitos. Podemos experimentar nuestros conflictos desde una perspectiva amplia, desde el espacioso caudal de la práctica que hemos elegido. A cada paso nos abrimos más.

Una historia tradicional sueca nos da un sentido de la siguiente fase del viaje. A causa de las fechorías de su padre, una joven princesa llamada Aris debía ser entregada a un terrible dragón. Cuando el rey y la reina se lo dijeron, temió por su vida. Pero recuperado su ánimo, se dirigió al mercado en busca de una mujer sabia, que había educado a doce hijos y veintinueve nietos, y conocía la senda de los dragones y de los hombres.

La mujer sabia le dijo a Aris que debía casarse con el dragón, pero que había modos adecuados de acercársele. Luego le dio instrucciones para la noche de bodas. En concreto, instó a la princesa a llevar diez bellos vestidos de novia, uno encima del otro.

Se celebró la boda. Tuvo lugar un banquete en palacio, tras el cual el dragón se llevó a la princesa a su alcoba. Cuando el dragón se aproximó a su desposada, ella lo detuvo diciendo que debía quitarse con mucho cuidado sus vestidos antes de ofrecerle su corazón. También él (le conminó instruida por la mujer sabia) debía quitarse la ropa con atención. A lo que accedió.

«A medida que me quite un vestido, debes hacer lo mismo». Entonces se quitó el primero de los vestidos y observó cómo el dragón se quitaba la primera capa de escamas. Aunque era doloroso, el dragón lo había hecho antes periódicamente. Pero entonces la princesa se quitó otro vestido, y luego el siguiente. El dragón comprobó que en cada ocasión tenía que quitarse una capa más profunda de escamas. Al llegar al quinto, el dragón empezó a llorar profundamente con lágrimas de dolor. Pero la princesa prosiguió.

Con cada capa sucesiva la piel del dragón se volvía cada vez más tierna y su forma se ablandaba. Se volvía cada vez más ligero. Cuando la princesa se quitó el décimo vestido, el dragón liberó el último vestigio de la forma de dragón y surgió como hombre, un bello príncipe cuyos ojos brillaban como los de un niño, liberado por fin del conjuro de su forma de dragón. La princesa Aris y su nuevo esposo pudieron entonces dedicarse a los placeres de la luna de miel, para satisfacer el último consejo de esta sabia mujer que tenía doce niños y veintinueve nietos.

Como en un sueño, todos los personajes de este relato pueden encontrarse en nuestro interior. Encontramos al dragón con escamas y a la princesa, a la sabia abuela, al rey y a la reina irresponsables, al príncipe oculto y al desconocido que mucho tiempo atrás hizo el conjuro. Lo que este relato nos muestra desde el principio, es que el viaje no consiste en ir hacia la luz. Las fuerzas de nuestra historia y de nuestras luchas humanas son tenaces y poderosas. La senda que conduce a la libertad interior exige pasar por ello. El recibir la gracia, el abrirse a la iluminación y convertirse en sabio, no ha sido fácil ni siquiera para los maestros. Se describe como una purificación difícil: limpiar, soltar, deshacer. Suzuki Rōshi lo llamaba «limpieza general de la mente». Es doloroso desprendernos de nuestras escamas, y los dragones que custodian el camino son fieros. Requiere la inspiración de los ángeles; exige sumergirse en el océano de lágrimas.

En ocasiones, el fin del camino se muestra pronto. Es como si lo místico nos cortejara y nos animara a penetrar en el reino del espíritu. Un maestro de meditación lo recuerda es este modo:

«La gente habla de momentos cumbre. Al final de mi primer retiro de meditación... bien, fue un día realmente cumbre. Tras una semana de mucho dolor, frustración y tensión considerables, el último día el color de los árboles que bordeaban el camino parecía brillar con luz propia, mi cuerpo estaba abierto como la madre del mundo. Sentí que podía abarcar la plenitud de la vida, y todo lo que veía se apoyaba en un amor natural. Todo parecía puro y natural. Supe que todo era, siempre, verdad, incluso cuando lo olvidas. No fue algo que duró, pero inspiró mi corazón para seguir.»

Es importante recordar la primera belleza. Pero también debemos recordar las semanas de dolor y de considerable tensión que hubo antes, así como los muchos años de práctica que le seguirán. Cuando pretendemos abrirnos a la iluminación de lo divino, incluso si sabemos que el príncipe y la princesa tendrán éxito a la hora de despertar, incluso si podemos atisbar realmente las nupcias sagradas, no podemos llegar a la última página de la historia y vivir felices después. Hemos de pasar por el gran terror de casarnos con el dragón, buscar el sabio consejo y el largo proceso de liberarnos de los dolorosos hábitos que nos apresan. Es el difícil soltar el que nos permite despertar de nuestro encantamiento.

>> Extracto del libro «Después del Éxtasis, la Colada», publicado en «Cuadernos de Budismo», Primavera 2002.

Jack Kornfield, «Después del Éxtasis, la Colada», La Liebre de Marzo, Barcelona, 2001. Fuente: «Cuadernos de Budismo», Ediciones Dharma, Novelda (Alicante), Primavera 2002.

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